El futuro global y el silencio político
- 21 ene
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Helena Galán Fajardo (futurotopiasinfo@gmail.com)
En numerosas tradiciones espirituales y filosóficas, el silencio es la base de la sabiduría y de la comprensión genuina. Silenciar el ruido mental afina la percepción, permite absorber conocimiento y ayuda a discernir la verdad más allá de las palabras superficiales. El silencio interior es un territorio común donde las diferencias se suspenden y la conciencia se expande. En él, no hay bandos ni trincheras. Solo la posibilidad de ver con claridad. Pero cuando trasladamos esta idea al terreno político, la paradoja emerge con fuerza. Si el silencio es necesario para el entendimiento universal, ¿puede también ser una forma legítima de respuesta en momentos de incertidumbre? ¿O se convierte, por el contrario, en una renuncia peligrosa?
Ayer, en el Foro Económico Mundial de Davos, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, agitó este debate sin mencionarlo explícitamente. Su discurso planteó la ruptura del orden mundial. También llamó a las potencias medias a tejer alianzas para no quedar subordinadas a las superpotencias, recordando que «si no estás en la mesa, estás en el menú».
Mientras tanto, la Unión Europea continúa atrapada en su propio silencio estratégico: una falta de postura común que se vuelve más evidente a medida que Groenlandia urge a los europeos a decidirse ante la amenaza directa de Estados Unidos en su afán expansionista.
Hannah Arendt advirtió que el silencio político no es neutral. Para ella, callar en el espacio público equivale a retirarse del pensamiento y de la participación, abriendo la puerta a la tiranía y a la banalidad del mal: ese fenómeno en el que personas corrientes obedecen sin cuestionar, se vuelve cómplices por apatía o delegan su responsabilidad moral en estructuras que no controlan. El silencio político, entendido así, no es contemplación: es renuncia. Y la libertad —recordaba Arendt— solo se realiza en la acción y en la palabra compartida con otros.
Por eso, aunque el silencio interior sea un idioma universal, el silencio político no puede convertirse en la lengua franca de las democracias. En un mundo donde resurgen potencias con ínfulas colonialistas, discursos retrógrados y formas de poder que operan como coacción, callar no es prudencia: es dejar espacio a quienes no dudan en ocuparlo.
El desafío, entonces, es doble: cultivar el silencio que permite pensar en tiempos de sobrestimulación y sobreinformación y, al mismo tiempo, romper el silencio que nos vuelve vulnerables y/o serviles.






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