Peter Neumann y la pregunta incómoda: ¿qué nos queda si renunciamos al progreso?
- 20 ene
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El filósofo alemán Peter Neumann lanza una provocación que atraviesa nuestro tiempo como una descarga eléctrica: si abandonamos la idea de progreso, lo único que queda es la resignación. Su reflexión no es un eslogan optimista ni un canto ingenuo al futuro, sino el resultado de un viaje por el siglo XX, ese periodo convulso donde convivieron las peores catástrofes y algunas de las ideas más luminosas.
Neumann recuerda que, incluso en medio de guerras, genocidios y crisis globales, surgieron pensadores capaces de imaginar alternativas. Nietzsche, Freud, Benjamin, Arendt, Sontag… todos ellos, desde lugares distintos, se atrevieron a pensar más allá del desastre. La Declaración Universal de los Derechos Humanos tras Auschwitz es, para él, el ejemplo más poderoso: cuando todo parecía perdido, alguien imaginó un horizonte distinto.
Pero hoy, dice Neumann, vivimos atrapados en un presente que se repite. La pandemia, la crisis climática, la desigualdad creciente… todo parece empujarnos hacia un futuro cada vez más estrecho. Y, sin embargo, lo que más nos paraliza no es la gravedad de los problemas, sino la incapacidad de imaginar algo diferente. Hemos dejado que el cinismo y el agotamiento nos convenzan de que nada puede cambiar.
Él propone lo contrario: recuperar la imaginación política, volver a pensar en futuros posibles, aunque no sepamos si llegarán a cumplirse. Las utopías —bien entendidas— no son fantasías escapistas, sino herramientas para abrir ventanas cuando las puertas parecen cerradas.
Su mensaje es claro: sin imaginación, no hay transformación. Y sin la idea de progreso, lo que queda no es realismo, sino rendición.






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